Uso de la electricidad en la medicina: De Frankenstein al desfribilador

En 1818 Mary Shelley imaginó a un doctor que creaba un monstruo al que dotaba de vida gracias a la electricidad.  A pesar de que eso desencadenó muchos intentos de recrear el logro en la vida real, la electricidad ya había “metido la nariz” en la medicina mucho antes. A día de hoy, esa incursión no tiene pinta de haber parado.

Primeros contactos

Cómo decíamos, la energía eléctrica tiene que ver con la medicina desde hace mucho. En la Roma antigua ya se empezaba a experimentar las propiedades curativas de las descargas eléctricas que liberan los peces manta (o rayas). Se utilizaban para tratar dolores de cabeza, parálisis, epilepsia y otras dolencias y lo más curioso es que los romanos nisiquiera sabían lo que era la electricidad.

Más tarde, el alemán Johan Gottlob Kruger 1715- 1759 trajo un poco más de rigor científico al asunto. Se cree que fue el primero de una saga de científicos que harían del uso de la electricidad para uso médico su investigación de bandera y se centró en la aplicación de pequeñas descargas para la recuperación de miembros paralizados.

Paralelamente, varios científicos más o menos aficionados y con escasa credibilidad, empezaron a imitar al doctor Frankenstein, con la esperanza de devolver a la vida a personas recién fallecidas. Técnicamente, algo parecido a eso fue posible siglos más tarde.

Marcapasos y desfibrilador, a vueltas con el corazón

Aunque en una determinada época parecieran charlatanerías inspiradas en una novela de ciencia ficción y salvando las distancias, la electricidad finalmente sí fue decisiva para evitar la muerte.

El corazón y su funcionamiento pasó a ser la pieza clave de estas investigaciones. El premio Nobel Willem Einthoven  desarolló el primer electrocardiógrafo, un aparato con el que se puede medir la actividad eléctrica del corazón y que se sigue utilizando hoy en día para hacer electrocardiogramas.

Ese aparato permitió conocer dos comportamientos del valioso músculo totalmente diferentes pero que llevaban al mismo fin: descubrieron que la muerte se producía tanto cuándo se paraban los latidos del corazón como cuándo éste latía descontroladamente o lo hacía demasiado deprisa.

Para el primer caso se inventó el marcapasos, un dispositivo eléctrico que hoy en día se instala en el interior del propio corazón y late correctamente por él, evitando que se pare. Para el segundo, tenemos el desfibrilador, que va contra toda lógica, ya que utiliza una descarga eléctrica que para temporalmente el corazón que late desbocado, haciendo una especie de reset.

Investigaciones actuales

En la actualidad el “romance” electricidad-medicina sigue vigente. Un equipo de investigadores de la Universidad de Michigan (EEUU) está desarrollando la aplicación de estímulos eléctricos al cerebro para conseguir que éste libere una sustancia que está en nuestro propio cuerpo y calma dolores de cabeza crónicos.

Otro ejemplo serían las diversas líneas de investigación en torno a la curación de heridas aplicando señales eléctricas que controlen la regeneración celular. De nuevo parece ciencia-ficción pero, ¿Acabará siendo posible?

Queda claro que este tema da mucho de sí (por eso aquí os dejamos una segunda parte). ¿Nos contáis vuestras experiencias al respecto? Como siempre podéis hacerlo en comentarios, vía Twitter o en Facebook.

 

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